por Luciano García
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La filosofía, pistolera también

(Tesis doctoral)



Tomás Abraham me parece un gran disparador para pensar ciertas cosas. Un disparador, o sea: un pistolero.
No me parece que para practicar la filosofía haya necesariamente que andar calzado. Voto por que también haya cantianos pacifistas. Pero los pistoleros son necesarios, sobre todo en ciertos momentos. Una filosofía pistolera es urgente. La “normalidad filosófica” hasta donde yo sé, es como sintagma un invento de Francisco Romero, historiador de la producción de lo filosófico en la Argentina, y como hecho, según este Romero, se inventa en la Argentina con la Sociedad Kantiana erigida por Alejandro Korn. La “filosofía” argentina (o en la Argentina, es lo mismo por ahora) está demasiado atorada en esa “normalidad”, está harta de cornismo.
Un flaco grupo, inavistado, de dadaístas cómicos, gente irrisoria, anda vagando por ahí, flanereando institutos mitines y salones, queriendo arrojar molotovs concienciales inútilmente, pero por gusto. Yo pertenezco a ese hato, y proponemos, por amor al Rídiculo, al Dios Ridículo, al que le perdimos casi el miedo, el rescate de la figura, del figurín – insólito – de Macedonio Fernández, y lo hemos secuestrado, hemos secuestrado su momia evitista, de la facultad de letras. Proponemos, inspirados por un alegato que en su tiempo, hace mucho, manifestó el poeta César Fernández Moreno, y más recientemente, en la última década, el “sociólogo” ensayista y orador Horacio González, considerar al texto macedoniano, su connotatividad general en la cultura, y su legado, como un agujero negro presente en el cual suceden fenómenos de adjetivo eminentemente filosófico. Y es más, cuando somos presos del arrebato, bregamos por más y queremos izar una divisa en la que Macedonio Fernández pasaría a ser – así como Lugones, su adversario histórico, fue el “poeta nacional”-, pasaría a ser, repito, nuestro Filósofo Nacional. E inclusive, vista la cosa históricamente, el único. Somos filósofos de armas llevar, y de ideales irrisorios, aunque nuestra irrisoriedad y armamentismo no son precisamente “setentistas”, como tantos otros. Con esa no nos pueden venir, eso sí.

En este gesto Tomás Abraham no nos acompaña. Se ha encargado muchas veces de ridiculizar a los que piensan que uno de los pocos destinos filosóficos posibles en este contexto es estudiar la vida y pasión, y filosofía, de aquel maestro porteño. Pero a qué ridiculizar a quienes se postulan de suyo a ridículos ¿no? Además no proponemos simplemente sistematizar un estudio de Macedonio – eso es lo de menos y quizá poco aconsejable – y menos (cosa que algunos querrán hacer y en lo que corremos riesgo de poder caer) subsumir su cosa al orden metafilosófico presente, ficharlo, y convertirlo en lo que se convirtió Nietzsche en el mundillo filosófico pampeano, cuya regularidad se basa en un recepcionismo comentarista y un resumidero de lo que la crítica filosófica francesa desde los 60 para adelante hizo con Nietzsche y de él. ¿Quién va al riesgo de leer a Nietzsche sin resumir a Deleuze? Hay que hacerse cargo de Nietzsche – una bomba atómica textual y filosófica tictaqueando en cualquier librería de saldos – pero de otro modo, o seguir calcando el manual.

La palabra Revolución ya me da risa, no sólo miedo. No sé si los verdaderos revolucionarios están locos, o sea si son los Esquizofrénicos. En este momento, para mí – como decía Merleau Ponty (“para mí” decía Merleau Ponty…), lo único revolucionario es el Ridículo. No es que diga que la revolución es ridícula; si no que el Ridículo es revolucionario. Pero las revoluciones pueden ser mínimas, revoluciones Minimalistas. Breves, y al instante. Happenings del malestar. Macedonio, en esto no es original, fue un revolucionario ridículo; propuso una revolución ridícula. Un comando guerrillero de “Enternecientes” e “Hilaristas”, así más o menos les llamó. Coincidía con Juan B. Justo en abandonar la violencia, pero no a cambio del parlamentarismo sino de un presidencialismo. En esto se parecía a Platón, que quería ser reynaldo; pero nunca aclaró muy bien cómo, que se sepa. El maquiavelismo macedoniano es chaplinesco. Su estrategia electoral se conoce. Era rupturista. Era, aunque amable, un provocador. Y, aunque creyera lo contrario, era un realista. Porque lo que quería, foquista de la Lógica, era romper lo simbólico provocando lo real. Como político fue un fabulador; pero también un realista; un realista lacaniano; un realista en sentido lacaniano digamos.

(Se puede comentar la estrategia. Nota del autor para el autor)

¿Hace falta revisar toda la Historia de la Filosofía para encontrar no al Ser y su escasez por todas partes – como en la melancólica paranoia jaidegueriana – sino a su chismografía (Heidegger odiaba al Chisme), y descubrir ahí que su esencia (si por esencia entendemos, al contrario, su accidencia) es el Ridículo? Que la filosofía tiene que ver con la accidencia y no con la esencia, Macedonio (el peor enemigo de Aristóteles, no cabe duda) lo demuestra, además de con su autobiografía ejemplificante narrada por todos los que lo conocieron y todos los que no lo conocieron – nunca por él mismo, mismidad no hay -, con las peripecias de su Recienvenido, un personaje de arte, de arte filosófica, un filósofo revelado en su boludez esencial, accidental, en su vergüenza, en su gracia. La filosofía es una gracia. Da gracia.
Hay que volver a Diógenes Laercio para redescubrir a la filosofía y olvidar el recuerdo asfixiante del Ser que impuso Martin Heidegger, ese Isidro Funes pero antijiumiano, memorialista de genéricos. El Chisme contra la Ontología. Y allí una nueva Historia de la Filosofía, entendida ¿cómo farándula? narrable por un historiante que tendrá tanto de Heidegger como de Rial o Lucho Avilés. Ahí la historia de una chancleta, de pozos filosóficos, de un esclavo vendido como filósofo, de un croto que pone una pollería para pelar hombres, etcétera etcétera. La filosofía no sólo es cómica; es trágica. Y lo demás es insignificante en ella. El Ser por ejemplo. El Ser es sólo un minuto en la vida de un filósofo. Un par de instantes extraordinarios; pero sólo un par de instantes.

La universidad argentina es bifronte: se divide en Aulas y Pasillos. En Currícula y Corrillo. Por un lado la gente se hace la rigurosa y la seria, hablan de Rigor y Seriedad – un latiguillo, digamos – y hablan, no del Ser, porque esa onda ya pasó, sino de los que Hablaban del Ser y de los que Hablaban de los que Hablaban del Ser y de los que Hablaban de los que Hablaban etcétera. Eso es lo que pasa, pero no lo que ocurre. Con la otra oreja y en voz baja pasa lo que más ocurre: lo que pasa en el pasillo, y en las filas de atrás. La autobiografía por otros: tal profesor se voltea a tal profesora, el alumno Pirulo llora porque lo dejó la novia, un doctor de la U.B.A. viene a dar un seminario porque la tiene grande, etcétera. Pero ¿qué pasará si invertimos ese Mundo? ¿No será un verdadero gesto nischista, un último conato, el que faltaba, o el verdadero, de Invertir al Platonismo? Poner a Heidegger en el Pasillo y a Diógenes Laercio en el Aula = Revolución.




23/6/05 madrugada



(Simpatía por un muerto)

El A.D.N. de los argentinos... filósofos

(la Nada de la Nata)



Escribe Tomás Albino Blanco



Quizá en el combo filosófico argentino entren cuatro cosas: 1) los filósofos hechos y derechos, desconocidos por la mayoría de la gente, incluso por los filósofos vigentes, que, roqueros o demodé, lo mismo ignoran, 2) los ensayeros, yazeros del saber y la intersubjetividad en este ombligo del mundo, hijos acaso no ya de Cartesius sino de Miguel de Montaigne, 3) los pacientes de los terapeutas póstumos de la Escuela de Letras, hijos ¿de quién?, de los impostores esos que pululaban por los diálogos platónicos, llamados con antipatía sofistas; nos referimos a aquellas vedetes llamadas escritores, en especial a aquellos que han tenido algo que decir de la filosofía o con ella, y 4) cualquiera: la filosofía del pueblo, la filosofía del tango, la del tablón, la del rock, la de los medias, las de los vendedores de medias, “mi filosofía de vida es…” y todo aquello que a primera vista o según la tradición sería de una competencia sociológica, ciencia, como se sabe, de dudoso buen gusto a la fecha, y en segunda vista expropiación de una ética silvestre dotada del espontaneísmo característico de quienes no leen los manuales de McIntyre ni van a misa.

Grupo uno: los de la recta episteme, los filósofos puros, presos en la versión módica argentina del género literario o discursivo “filosofía”, los que se portaban bien con el método y sus dividendos, profesores casi todos, algunos de gran mérito académico otros de gran mérito libresco o ambos a la par, receptores traductores comentadores, frugales asimiladores o patrióticos integradores, escolioístas o podólogos de página, o tímidos correctores puntillosos, gente de largo aliento y poco alcance pero, en algún y otros sentidos, bastante meritorios muchos, allá en esa prehistoria tenida a poco, y que nos pueden llegar a prodigar hoy todavía cierto inesperado disfrute o cierta reminiscencia vidente, y a los que la universidad libertaria (sic) de Alfonsín para arriba se empeña en inestudiar, lo cual no deja de ¿inscribirse? en una disimulada Metodología del Perro Boludo, digamos, para que “pase” sin ser visto su propio laburo, la estirpe de su propia inserción, intervención y montaje de ese advenimiento transatlántico de corpus celestes en caída libre. La “filosofía” llega a la Argentina como esas lluvias permanentes de meteoritos de las que nadie se entera porque la madre atmósfera las hace polvo, y no es muy fino, me dijeron, preguntarse eso sino fingir una especie de universal Escuela de Atenas, donde para decirlo en un modo que trae cierto gen borgeano “Sein und Zeit” es siempre el mismo “Sein und Zeit”, como la “Commedia” era siempre la “Commedia”, el más grande de todos los libros, así en la Tierra como en el Cielo, así en la Alemania nazi como en la heroica Francia de los locos sesenta, y como en los desolados y ruinosos claustros de estas pobres cities rioplatenses hijas mestizas del tango y la paranoia.
Hay cierta tendencia, me parece, a birlar de los focos de estudio, en la gama de la institución-“saber” “filosofía”, la historia de la institución argentina y la historia de la institución en la Argentina del relato “filosofía”, en tanto cuanto son historias vivientes, cuyos efectos hacen causa y son carne todavía y competen en torno a cualquier inquisición en orden a cómo se hace filosofía en la Argentina today.
Las corrientes que llegan del Norte no son como las mozas norteñas que llegan de Corrientes. Ambas vienen a servir, unas forman villas miseria, y otras villas de miserias de la filosofía o comunidades normalizadas de profesionales filosóficos, jerarcas de las perplejidades asigún la lógica y la jerga de un Kitsch ultramontano de Rumania (no Tomás Abraham, sino más bien al contrario)[1]. Las segundas advienen de la bóveda celeste Gallimard, y sirven de parte de los metres francos al dramatismo impávido de los profes locales; las primeras sirven no en la casa del saber sino en la de la mera burguesía oiconómica.


Pertenezco a la raza filosófica y ustedes, piadosos salvatutis que se asustan ante los dos términos de ese sintagma, también, y de una forma, si embozada, aun peor. Raza filosófica digo porque no me creo – esta noche al menos – cantiano ni creo que la Razón sea extraterrestre, ni siquiera del vecino Planeta Rojo, o sea marxiana. Soy un nischeano recienvenido, repentista macedoniano del martillo sin hoz (ni Martínez de Hoz ni el Mago ni una Hoz friburguesa antitecne ya arrebatada por John Deere hace tanto tiempo) que ha leído de pasada a un jaidegueriano indigenista llamado Kusch, cuyo delirio es digno de ser estudiado aún en las epopeyas de un tlónico universo anónimo hecho web[2].
Yo soy un gaucho situacional, de enclave. En cuanto a sangre o gen, peco de demasiado rubio. Claro que en un par de generaciones casi toda la gringada adquirió un cierto hábito –nacional y popular- de engauchecimiento en este caso citadino.

La filosofía a la Argentina viene no a exilarse; más precisamente: viene a exiliarse. Personalmente acepto que los argentinos seamos, de acuerdo a la máxima borgeana, europeos nacidos en el exilio. Aunque Borges haya llamado argentinos a unos carapálidas que, hoy vistos, escriben en gongoriano expatriado pero hablan como italianos en el ostracismo de la lengua y piensan como colonia francesa y no a una gente también argentina que en cualquier College podría ser confundida impunemente con un peruvian boy y no con un nacido en el Mediterráneo como la filosofía y Serrat.
Yo como tanito asturiano, italoceltíbero de rioba, burgués de segundo orden venido por sangre histórica de los Papeles de Residencia, más que de los Papeles de Recienvenido (nada presartreana cuyos abuelos son de clase mitrista), me atengo, por racismo genealógico, a aquel discrimen borgeano, patricio pero aplicable a mí y a mis amigos, mezla bien menemista de niños ricos con soledad y pibes pobres con hambre. Hay que meditarse bajo el rigor de una inquisición mezoborgeana tipo: el filósofo argentino y la tradición. Ahí está la cosa, chamigos.

En los boxes de la universidad pervive un área clase be que es la del “pensamiento” argentino y de yapa latinoamericano. En ésta encabezan la cosa unos señores muy polites, principalmente los del grupo 2, más que nada destinados a pensar la “Nación” y como apéndice en sus ratos libres el resto del cosmos y las cosas humanas y no. La tendencia, por lo que yo veo, en los que priorizan el “pensamiento” es a relegar toda la intentona telúrica de “filosofía primera” a cambio de lo ético-sociológico, no tanto de una “filosofía política” o “teoría política” cuanto de un “pensamiento político”. Este nacional B, esta tendencia secundaria convive confortablemente con los empresariatos de la A, el triconcepto escolar-textohistórico de la Filosofía primeriza y caída del cielo. La clase 3, los simuladores en la lucha por la filosofía, la primera C metropolitana, es delegada más que nada a esos que se llaman los críticos, fanas de la mezcla texto y morbobiografía, cuyo cuento tiene más fama y su práctica es más adictiva y goza de grande interés de parte del esnobismo científicamente excusable de las universidades norteamericanas, colonizadoras de manuscritos de enfermos geniales. Los filósofos no se animan mucho acá, o lo hacen esporádicamente y con cierta desconfianza y muy poco tino las más de las veces. La clase 4, no profesional, amateur (o sea la más filosófica de todas), queda para el murmullo de los estudiantes recienvenidos o para el paper ocasional de algún loco lindo dispuesto a ser tomado de idiota o grasa cartesiano.
Es propio de hiperespecialistas posposposposposgrado el inquisitoriado en torno al quid de la cosa filosofía con la argentinidad. La argentinidad de la filosofía (la filosofía argentina y la filosofía en la Argentina) no es tema masivizado en los cursos de grado filosóficos y es una pena, que los niños lleguen tan tarde a esto, y no se le de cierta mayor atención a una Meteorología de la Recepción, ejemplo. Y a una Digestología de la Asimilación, también. Hablo de la filosofía pura, proteica, prima, no del “pensamiento”. Hay que olvidar, muchachos, la vergüenza de la precariedad, porque la precariedad es, al contrario, nuestra gracia. Gracia es don destinal, acontecimiento, y función de la comicidad. La “llanura de los chistes” reclama la “risa filosófica”, esa risa internacional que prodigó nuestro gran sofista bibliotecario, verbigratia.

Haráse menester un cierto estudio arroz integral de las cuatro catervas según nuestra ingenua sospecha.


***

Ni indios, ni españoles, ni gauchos
a bien seguro; pero tampoco franceses
Anibal Ponce[3]


¿Cómo navega la Francia nuestras aguas interiores y heraclitóricas? Nadie sueña un rosismo filosófico, ni siquiera macedonizado como pudo presentir y querenciar Borges en los 20[4]; pero hay un filosofema autóctono, sin dudas. La tipicidad de un modo de suceder la filosofía por aquí, que no una soñable y univocista filosofía estatal que posiblemente no haya en ningún pais. Una filosofía presidencial es el peronismo como conjunto de textos del propio Juan Domingo (no olvidemos que se hacía llamar Descartes en una época) y de un gran séquito conglomerado de compañeros. Pero el compañero, como agonista específico hacedor de filosofemas y contrafilosofemas en estas tierras, no está bien visto como filósofo, ni suele parecerse – es lo que se dice – al “amigo” ese que inventa la filosofía como escena inaugural transcurrida trescientos años antes de nuestra era en las costas mediterráneas. Cuando yo estaba en la facultad como iniciado (era del segundo menemismo, el menemismo terminal digamos), la única fuerza política que no tenía representación filosófica en la casa del saber era la Juventud Peronista. Sólo politiqueaba la Juventud Platonista metamorfoseada en sus multiplicidades de gatopardismos (este adjetivo, se sabe, es de cuño alfonsinista) antioficialistas por compulsión.

Hipótesis: el filosofema en la Argentina reviste un comportamiento propio. Hay una particularidad del tráfico de filosofía, del acto filosófico, y de la masa textual filosófica. Es, como el texto literario bartesiano, sumamente “deceptivo”. Pero como pasa con todo, está llena de desapercibidas excepciones propias de un molecularismo que la acontecimienta con la sal salada de una cierta “artisticidad”. En los rincones más que nada, allí donde va a parar el alumno amonestado, con largas otologías de burro.

Hay que detectar un cierto “comportamiento regular” de lo filosófico en la Argentina, y al objeto watsoniano de ese tester llamaríamos “la filosofía argentina”.
Por filosofía ahora podemos entender a todo objeto que se halle comprometido o referido a una tradición de cepa europea, institucional discursiva y o literaria así llamada, y en tal sentido sólo sería registrable hacederamente “filosofía” en las parcelas o campos 1 2 y 3. Ahora bien, afuera de los híbridos de panfletistas o teoretas políticos o novelistas y ensayeros (grupo 2), que constituyen una tradición un objeto de estudio y de discurso y un campo para estrategias de cátedras, o sea bajo el ala del conjunto uno, del filosofema no salido a la calle, hay ese comportamiento caracterizable, hay ese temple propio y el posible de una literatura comparada, por lo menos a primera vista con las potencias imperialistas del filosofema (mucho más raro será captar diferenciales entre la “filosofía argentina” y la “filosofía uruguaya” o la balcánica). Si el made in es tan precioso para comprender los estados de cosas filosóficos, cabe consignar que lo filosófico argentino no escaparía casi nunca del sino de un quehacer colonial; pero este punto de vista es, como ya pensaba Farré en los 50, bastante ridículo. La pregunta sería ¿por qué en la Argentina está mal visto el vedetismo filosófico si no viene de afuera? Ahí está el quid.
En la Argentina, por lo general, se lee se disfruta y se murmura la filosofía francesa, que es la que más influye en la más eminente escritura nacional (ora la apostrofable como filosófica ora la que no); pero a la hora de llenar las vasijas de las cátedras, el miedo a esa libertad, a ese libertinaje del chamuyo francés, suele operar un disimulo que hace que la gente se vuelque a corrientes más sinópticas como las anglosajonas o más sufridas como las germánicas, que siempre suenan mejor a la hora de invocar las palabras claves de seriedad y rigor.

¿O no?

El filósofo argentino, como buen crestiano, no quiere abusar: prefiere comentar cómo fue abusado. Esta es la idiosincracia del intelectual rioplatense y por eso pegó tanto el sicoanálisis acá. Tanto que buena parte de lo mejorcito de lo filosófico tolerable por la academia se sigue llamando “lacaniano”[5].
El creacionismo filosófico –ese que apuntó Deleuze– es un no se debe de acá. Y todo se trata de un complejo de autoritarismo o inferioridad que tiene a mucho esa palabra – autoridad – y nunca aprendió la lección pragmatista de “aprender haciendo”. Por eso, cuando nosotros nos volvemos fanáticos pensamos: para un imperio que nunca existió, un filósofo que no fue.





8/05



[1] Tomás Abraham, su compatriota y enemigo político, es un “filósofo con auto” – una rareza - y aquel se presentaba como un filósofo dedicado a la proeza de recorrer Francia en bici, un diogenismo socializado por cierta techne sumaria o sumeria.

[2] Alguien podrá pensar que el Logos o Ratio o Razón es un universal antropológico, incluso omnigaláctico o divino, incluso propio asimismo de las mujeres. Pero la Filosofía es europea, así se practique en la Argentina o en Chicago, o más precisamente, blanca. No es burguesa, es blanca. No es de clase, es un atributo de raza. No hablo de etnias ni de occidente (que es una geografía, la central de un modo de producción, una cultura, etcétera integrada también por orientales, afros y mestizos amerindios), y me pregunto: ¿es el filosofema un término racista? Sólo por analogía hay filosofías chinas o mayas.

[3] Acuerdo con la frase de Aníbal Ponce; pero cuando agrega “europeos modificados por el medio y por la variedad de las sangres que afluyeron”, se ve que le hablaba a un público abuelo de gente como uno (yo soy un europeo que no pisa Europa desde hace dos o tres generaciones, por lo menos), llamados a ser vanguardia de una gente que – tanto entonces cuanto hogaño – de europeos poco y nada salvo por mor de la “aculturación”.
[4] V. L.D. García Barabani “Los Borges del 20 y la sombra del gran Macedonio”, Rosario,1998 (www.macedonio.net). En todo caso a esa mezcla la forjó el peronismo. Perón, como Macedonio, se posicionaba un poco también como “viejito cínico entontecido”, pero tiraba más para el lado del Viejo Vizcacha me parece.
[5] Porque hay tres filosofemas nacionales: el académico, el tolerable por los académicos, y el intolerable. Es difícil, a más de indeseable, que el ente-Macedonio, ejemplo, pase de una histeria entre lo segundo y lo último. Esperad, que los franceses ya lo están intentando traducir…ya llegará.





¿Excita una filosofía argentina?



¿Existe una filosofía argentina?


En fin, pavadas, rodeo de gente como los filósofos que le temen a mucho salvo a hacer preguntas, y vacilar respuestas en los embrollos de una sintaxis exquisita a los fines de decir cosas a medias, o evitar decirlas de cara. En fin, no hay por qué enojarse amigos filósofos, menos conmigo, un hermano. Hay ciertos visajes, ciertos estilos, ciertos declives, con mayor imperio por esta zona del mapa, con menor en otra. En los países como la República Argentina – quizá en casi todos los países salvo tres o cuatro a lo sumo – simplemente no se tolera el estrellato en el rubro filosofía. El vedetismo, el capricho, el lujo. Aquel filósofo que desee perpetrarlos encontrará mejor estación pasando por personaje de novelas, mutando en locutor de radio, o gracioso de tevé, amonestado en la universidad del paper y confinado a la clandestinidad del papel (ese género fernandeciano); recluido en algún solar siquiátrico, o perorando en las mesas que nunca preguntan de algún bar con retraso horario y bibliográfico, en los derredores de la zona cerúlea (zona roja de los fósiles de “intelectuales” flagrantes), soñándose un tabaquista de otras eras perecidas. ¿Por qué no hay un Heidegger rioplatense, un Foucault del litoral, un Sartre de Nueva Córdoba? Porque nadie lo quiere. Porque no se lo soporta. Nadie inventa solo su propia vida. En fin, la respuesta es tan evidente que no resiste ser silabeada por la boca de los filósofos nativos, o de la gente así calificada con carnet estatal. Eximidas de Francia sus cuatro o cinco estrellas top, y sus seis o siete de reparto, exonerada Germania de su Heidegger, de su Habermas y diez más, la situación – me temo – es la misma: acoplados de congregaciones de especialistas, paperistas y francotiradores y chimenteros de pasillo. ¿O no? El genio filosófico está interdicto en la Argentina (o en Argentina, para decirlo sin real academia), y sus propósitos son la presa fácil del resentimiento victorioso de las multitudes de obedientes adaptativos. A un país con demasiado pudor en el rubro, pudor filosófico, le da vergüenza el aventurerismo conceptual del estilo metafísico. Por eso su único filósofo en serio ha sido un humorista. Quiso ser un humorista, fue un cómico. Porque necesitó de su biografía – imposible, o sea, agráfica – como suplemento de su texto para dar gracia. Se convirtió en una figura de fotogenia, sobretodo, mirada transida, ojos transparentados, vida risible. Devolvió a la filosofía autóctona – desesperada por convertirse desde los años 30 en una sede nacionalizada del platonismo acá bautizada temiblemente “normalidad” – a un estado de preplatonidad originaria. La “originalidad” (¡aparta de mí ese cáliz!) para un historiador de las ideas filosóficas como Leopoldo Marechal, de todos modos, era una entidad pregriega, previa a los registros gráficos, incluso anecdóticos.




19/11/05

 

De los teólogos bajos a la vida filosófica puerca


a Sebas



Este alegato podría ser circunscrito como la diatriba de un “filósofo en pantuflas” contra una “víctima de la universidad”. Son categorías del Banquete de Severo Arcángelo de Leopoldo Marechal, un escritor muy del gusto de algunos amigos míos que quieren perseverar en su ser de hombres en tránsito hacia el niño, o sea lectores ideales, pero demasiado póstumos, del vate teojusticialista. Pero es demasiada ternura para este mundo ¿no? El marechalismo está bien, pero si es un ratito. Después, conviene volver a dejarlo en manos de ese par de momias filosóficas que todavía alientan en universidades del interior de la República, con sus primos Nimio de Anquín, el padre Castellani, y Dios.

Marechal hablaba de lo “Extraordinario” y de la “Vida Ordinaria”, y de eso, precisamente, es de lo que uno habla, en torno al quid de la filosofía; pero de un modo harto diferente y harto: hijoputista. Adoradores alemanes de San Emanuel – el chino Manolo Kant – acusan como cínicos a los cultores del pop modernismo francés, pop marxistas, pop estructuralistas, y pop todo eso (¿o era pos?), y promotores de esta escolástica – que a mí me cae menos mal – hacen lo propio con estos buhístas analíticos. Sicoanalíticos versus analíticos se pelean por sentenciar qué otro de sí es el más cínico. En cambio la crítica de la razón cínica del ultramundano bardo capitalino tenía otros rótulos. Llamaba al doble discurso, hijoputismo, y se basaba en una antropología cenitnadirista que dividía al ser humano por la cintura. La doctrina del hijoputismo dice: lo que ocurre al sur de la cintura es lo ilegal y lo que ocurre al norte de la cintura es legal. El hijoputista no es como Pére Ubú que sólo filosofaba de la cintura para abajo; abarca los dos hemisferios. Es el bicínico. Aquel ser ambivalenciano o ambivalentudinario que, como sólido desvanecido en el aire y el capital, vive la misma doble vida que vive la palabra cinismo, que ominosa o siniestramente (como la palabra nimio, ejemplo y no de Anquín) significa dos cosas casi opuestas: diogenismo y antidiogenismo. Y todos tenemos una doble vida escribió Freud o Cerati.

Cuando uno piensa en lo filosófico como la narratura de un permanente happening tragicómico piensa los pases de lo Ordinario a lo Extraordinario y viceversa en la vida filosófica. Pero como a Dios se lo llevaron preso como a Seguro y su certeza, como está enterrado – más que muerto - , o sea sólo vive en la Tierra, preferimos enamorarnos de otra cosa, de algunas mujeres, de Narciso, o de algunos amigos o artistas. Por eso narramos la Vida Filosófica Ordinaria, las meditaciones descartadas de la filosofía de la miseria y la miseria de la filosofía.

Si hubo pensadores bajos, como anotó Tomás Abraham, pienso que se podrá llamar a Marechal, un teólogo bajo. Topo cerúleo. Marechal escribe como promotor de un ascenso: el de la Vida Ordinaria a lo Extraordinario. Sólo desde esa perspectiva perfectista da muestras de lo que otro escritor amigo suyo canonizó como “la vida puerca”. Los juguetes rabiosos que escribía Roberto Arlt no eran mucho más que un muestrario de la vida puerca. Se debe al patrón de estancia y de Florida – Güiraldes – haber borrado esa centración. “Juguete rabioso” es un vocativo puesto por Florida. Y ante la demasiada evidencia de “La vida puerca”, un rótulo para un tratado no para una novela, según las precauciones del buen gusto del savoir faire literario. “La vida puerca” – nombre original del “Juguete rabioso” - hablaba de la vida puerca; y “El juguete rabioso” – como lo llamó Güiraldes – habla de “La vida puerca”. Pero la vida puerca de Leopoldo Marechal parece vista por el ojo de un padre permisivo. Y desde esa mensura por él descrita donde se cotejan lo divino y lo humano, y cuyo efecto es lo ridículo, observado como una comicidad desde el alto mirador de la compasión o la piedad. A Tesler no se lo ve vivir en lo extraordinario ni en la vida ordinaria: vive la vida puerca filosófica; pero desde la visual de un padre bondadoso. Dios, en último análisis. Y Marechal su servidor.

O al revés, lo mismo.

Tesler vive la vida puerca-con-Dios. Pero nosotros los macedonianos sucios – hartos, arltos y artaudtos – flotamos en el intelegimiento descreído de la máxima vivir sin Dios y sin ser Dios, ideal de la vida no fascista (Foucault tomándole el pelo a Deleuze y a la ausencia del suyo) del almismo ayoico enfrentado históricamente al yoísmo al pedo de Villa Crespo. Otros contemplan las distancias entre el “último Heidegger” y el de Ser y Tiempo. Pero lo primero en metafísica nacional es no estudiar alemán; máxima.

Como marechaliano sin teología (salvo una descripcionista-sociológica, que consiste en fingir constatar, y denunciar, que dios está vivito y culeando entre nosotros y que la “vida no fascista” de la cantata fucodeleciana olvida que dios es inconciente y el lenguaje fascista… Dios está en las grietas y acecha dijo un ciego que consideraba que “Adán” era un libro demasiado famoso), o como arltiano con metafísica a pie de página, mi propósito es contemplar las vicisitudes y traslaciones de la Vida Filosófica Ordinaria a la Vida Puercofilosófica. Lo aprendí en la brasería de mi padre, y es mi forma de pelar pollos. Nunca seré platonista, aunque no viva en los caños.



2/6