por Luciano García
u otros

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Falogozo ¿y?

Derridando mitos Hoy: Derrida


(Penetración a Ontoteoteleofalogofonocentrismo & Ontoteoteleofalogofonofobia &)



por el Profesor Estupid
o Nazareno Fernández Barrios
(clase desgrabada 1979 a. C.)




Hoy no vamos a derribar mitos. Vamos a derridar mitos. Y le tocará pagar la ronda al maestro de esta mèthode: Derrida, otorrinonaringólogo jerigonzólogo.
Suele ser bastante tedioso leer a Derrida, esa sintaxis digresiva del Gran Gramatólogo Logólogo Afálico es peso plomo. ¿La contralogia derridiana es una logofobia disimulada o es una astucia del logos? Una metafísica de la diferencia no es una poética. ¿Fobofalogocentrismo? Supongamos que tenemos un Ontoteoteleofalogofonocentrismo y en la otra esquina del cuadrilátero una Ontoteoteleofalogofonofobia. Si la mítica “deconstrucción” sale de esa atmósfera ontoteoteleofalogoetcétera no creo que pudiese funcionar como la efectivizaba Derrida. La imagino mejor con un método distinto, tipo un “cut-up” a lo Burroughs guiado por Oliverio Girondo. Agarramos el…¿significante? “Ontoteleofalogofonocentrismo” y le hacemos cirugía. Un efecto de falogocentrifugación que podría acaecer así:


To teo te leo
Leteo
ofalogofo gofonofo Ontote…
alleteo
falogocesé
logo sé golo si/no: teoteto
do? : on todo
te ología porfono
toto ontótem
ismo noontodo
golofa o el eto
no
y no centrismo
i no zen
tismo tri
ste

¡Oh, jeringozemos falogozasofando!



Pero no sólo se fala el goce al estilo Oliverio; se goza el falo como cualquier abogado y aristócrata cual el propio Girondo. El lenguaje es fascista escribió una vez Rolando Bartesio. Por más que el deseo sea anarquista, como había dicho un Gilles. De modo que nos mantendremos en el ministerio de una falogolorgía perontotetológica, bajo un sino anarcofascista.

Antilogía say no more

a Romina de Ángelis



La única ocupación seria en la vida, dijo Ambrose Bierce, es el arte. El resto es una pelotudez, la pelotudez de sobrevivir por ejemplo. Y si bien el arte es cagarte de frío, como dice Charly García, es bien cierto que Charly García es, evidentemente y por sobre todas las cosas, un artista. Genial. Es más, mi filosofía se basa enteramente en él. Soy un trasvadador del Say no more al cáliz de la filosofía. Él es mi maestro, él es mi Wagner. Notarán ustedes, desde luego, que al decir esto estoy yo condenándome inexorablemente a acumular en mi vitrina (junto con todos los trofeos de fútbol de mi niñez) decenas de diplomas de honoris causa de las universidades del mundo. Qué va`cer, soy un ventajero, como aquel de los ligeros pies, corro carreras contra tortugas para siempre adelantadas.

Un paper no es serio, es aburrido, y por lo general, tal como van las cosas hoy día, no más que un despacho funcionarial. La literatura no tiene por qué ser entretenida, y, menos que menos, la filosofía tiene por qué ser un aburrimiento insoportable. La vida es insoportable (me contaron que decía Freud) pero la filosofía (que es un estoicismo) dice: soporta, y abstiénete. Es un peronismo en estado de coma, intervenido por una coma: evita, vive. Eso dice.
Una profesora que yo tuve, que la iba de mujer con látigo, de vagina odontológica, se jactaba de decir que las clases de filosofía no tenían por qué ser divertidas. Y es cierto. Acá me acuerdo de esa frase de Cioran, ese filósofo Kitsch, como acusan algunos: “el error de la filosofía consiste en ser demasiado soportable”. O trasladando al ambiente campestre de la filosofía un conocido axioma de un gran poeta del Genio Malo al que le gustaba más la pija que cualquier forma de arte (él lo decía así ¿qué quieren?... vayan a denunciar a la editorial Sudamericana en tal caso…): no hay filosofía que espante. Por eso siempre hay algún héroe por año, uno por año promedio creo, que en estas ciudades de un par de millones de habitantes, adquiere la preciada dote del título de licenciado. No me diga licenciado, licenciado. Lo que hay que decir (yo tengo pene, pero muerdo con la boca), más bien, es que no hace falta aburrir para hacer filosofía, ni hacer de la clase un claustro de concentración para mancebos tipo 120 días de Sodoma. Pero es inevitable, ya que llamamos Academia, desde Platón, a un kindergarten.
No basta aburrir para ser filósofo.

Imaginación cero: por un filósofo zurdo




“La universidad ha muerto” dice un amigo por ahí[1]. ¡Oh dioses, estos filófosos! Insisto en que los literatos hagan filosofía y los filósofos literatura. El más grande escritor que leí en mi vida, un tal Osvaldo Lamborghini, decía carecer de toda imaginación, postulaba la imaginación cero, y es cierto. No tenía ni una pizca. La imaginación en literatura ha hecho confundir el rol del escritor con el del boludo. Un Chiquito Reyes que aspira al Concurso Municipal; ese es el modelo. El filósofo, que ha estragado su imaginación en décadas de clases y mesas examinatorias, debería volcarse a la ficción y al poema de manera urgente. Y los cortazaritos de barrio obligarse a leer “Cómo se hace una tesis”. Hay que cambiar el mundo; yo soy de izquierda, zurdo. Y creo simplemente que Marx fue un filósofo que, igual que el gilazo de Hegel, su maestro, se creyó el primero en serlo realmente. Porque lo único que hace la filosofía es transformar al mundo. Y no conozco otro modo de trasformarlo. El filósofo siempre será vendido como esclavo, y condenado al éxito de la cicuta o a dejarse cambiar los pañales por su hermana en un siquiátrico, porque se dedica maníacamente a una sola cosa, transformar el mundo.
Un filósofo zurdo, o sea con los hemisferios cerebrales invertidos, no puede dejarse enajenar por las bobas astucias de la razón de estado. Pasa filosofía en negro, por izquierda. Le basta con haber heredado de un soldado alemán la sabiduría de que la lógica es sólo tauto para entender que ningún lenguaje puede ser matemático y arrojarse a una idiliotragedia eterna con la histérica de la gramática. Yo narro mi dificultad de pensar.

No sé si habrán leído a Toynbee o qué, pero ¿a quién se le puede ocurrir que una universidad tenía vida? ¿Están locos? ¿Hablan con las cosas? Eso cree una amiga mía que sigue a Heráclito en griego. No: están filósofos. ¿Es la filosofía, desde la temporalidad presocrática del Ñaupa, el disimulo de la locura? Sólo un sicólogo – alguien que estudia lo que se ignora del alma [2]- podría creer que la locura no se disimula.
Y la imaginación de nuestros filósofos es eso: cero. Una necrofilia sin nada de Poe, simplemente retóricas de los certificados de defunción. Dios ha muerto, el hombre ha muerto, la filosofía ha muerto…¿qué son, sicópatas? ¿Sicópatas imaginarios? Este amigo que decíamos cree que la universidad is dead porque ahora se dedida al rocanrol. ¡Chau chabón! Parece que la universidad puede malvincular todo filosofema con un incurable balbuceo lacanista – un tango con tendencia al perverso - pero no puede pelar la eléctrica con wawa de un Hendrix nischeano, o una filosofía a martillazos tipo redoblante-G.I.T..
Los universitarios estarán muertos, puede ser. La universidad es la misma de siempre; hoy un poquito peor, mañana un poquito menos pior.

Esos franceses que hemos leído gracias a una distracción de los profes, los garbosos franceses del savoir vivre metafilosófico, enseñaban lo que cualquier Gorgias unos años antes, que todo el año es carnaval. Si la locura, que en realidad es no poder ni laburar ni cojer entre esos chantas llamados normales, es, dicho descriptivamente, no poder ponerse la máscara o no poder sacársela ¿qué es la filosofía entre caras y caretas?

Finalmente Cioran de nuevo, que como buen ingenuo, como buen naif, fue un “auténtico” de la filosofía: “la filosofía – chillaba - es el arte de disimular los tormentos y los suplicios propios”.





[1] Ricardo Bianchi, “El reverso del saber”. Revista Nadja nº 8.

[2] M. Fernández recitado. Freud, que estudió castellano para leer esa frase de este genio de barrio, se lo copió – mal -, y miren cómo terminamos. En un mundo donde cualquier siberian boy que leyó el volumen de Altaya (yo por ejemplo) le anda adjudicando al primero que se le cruza títulos de nobleza llamados “narcisista”, “obsesivo”, “melancólico-depresivo”, “anal” bla bla bla…Como quien dice…de terror (“¡Esto sí que es Argentina!”)…

Filosofía, un arte de la impostura. O la locura disimulada




Como todo melanco argento dispuesto alguna vez al aprendizaje “formal y cortés”[1] de la filosofía, arrancamos aprendiéndola con los dados de Einstein y Mallarme, la timba y la poesía cruel. De no pensar más en mí. De pensar contra uno mismo como decía el pelado ese, no Luca en este caso. Antes de caretas leo-Lyotard fuimos discepolianos y buscábamos la epifanía de un rostro divino, que hemos encontrado de manera fugaz pero en un par de entes inexistentes llamados novias. Minas, como dice el Tango, hemos tenido muchas; pero Mujeres Teológicas, Beatricitas, dos o tres. Eso es la Teoría para mí (Teoría, económica,…del Edipo Invertido…): el antifalocentrismo de la revelación de un esto bibucal adivinado en la patencia de una doble sonrisa oblonga y ancha.
La poesía cruel de no pensar más en mí es imprescindible para filosofear (el filo de Sofía metía siempre miedo). Y se actúa sobre mesas que nunca preguntan. Ante el indiferente mutismo femme fatal de la realidad de la mesa y la mesidad de la realidad el filósofo pregunta. Como todos sabemos, leyendo manuales o asistiendo a la escuelita estatal después de la secundaria, los filósofos, advertidos como el maestro Discépolo de que las mesas nunca preguntan, viven preguntándose por las mesas. ¿Existe esta mesa? hace que se pregunta un profesor de Introspección a la Filosofía (Filosofía 0) ante un público esclavizado en la mazmorra del pupitre. Ante el reflujo de las hordas de infantiles como los de hoy que ya ingresan a la facu prevenidos del Falogocentrismo y todo eso con “Derrida para principiantes” y no sé qué (yo, al contrario, fui el último de los mohicanos vírgenes que empezó por leer el Manual de García Morente. En mi biblioteca paterna todas eran Novelas de Caballería…) nos preguntamos, en la onda de aquel filósofo de Chacarita: “¿Han muerto las mesas?” ¡Estos derridiotas de hoy ya no creen en el poder encantatorio de las mesas! Los hijos de Carpio y todos esos que hacían aún del texto jaidegueriano un “ente a la mano” todavía nos hablaban poéticamente de los poiéticos carpinteros que, antifilósofos, pensaban sólo que la mesa existe, y tiene una forma tal, y luego de rememorarla la construían. Pero el menemismo arrazó con los carpinterios, y trajo una filosofía en chino (la de los Cavallos y sus economitristas) y de plástico. Pero estos deconstructores de mesas a las que le llaman “escritorios” y a las que nada preguntan nos están llevando al amesetamiento o amesitamiento de lo in-sopor-table. En vez de examinar a las mesas, que eso es lo filosófico, sueñan la vida filosófica de las sempiternas mesas de examen. Discépolo al vesre ¡estas son mesas que preguntan! Otra vez la locura, uh.
Creen que toda mesa es un escritorio, y toda cosa es un texto…¡Ufa! Yo creo que, de tanto en tanto, es liberador para el filósofo volver a interrogar a los muebles, ese socratismo objetivo. Sócrates, al calor y el resguardo del oikos, se entrenaba así, mayeutizando tablones mientras la partera le hacía los guisos. Antes de desfetichizar inocentes mercancizados, hay que ir a entrenar desalienando a las mesas. Despropósito inicial para cualquier sartreano que luego sueñe desalienar a las masas, que tampoco nunca preguntan (¿Heidegger dixit?)



Luciano García Lange
(sofista gratis)




[1] García-Mestre. Obras Completas.
Una filosofía sui generis no se consuela y corona en una nueva retórica de lo sintético-a priori, sino en una perorata del say no more.

Nunca seré platonista


(“Vos pibe no pasás”)


La figura del Filósofo-Niño o la Filosofía como Consolador:




Yo nunca entraré a la Academia porque no sé matemática. Bajo esa prohibición de los Patovicas del Matema yo, cafquiano pero sobrador, levanto la carpa de mi Antiplatonismo. No es sólo porque está de moda. Es una imposibilidad de saber.

No se trata de no tener un Fundamento, nadie tiene o no tiene uno (son como el inconciente; si no son intencionales, te los encuentra maliciosamente el otrO), se trata de no querer tenerlo. De hacer como que. El platonismo invertido, según yo lo entiendo, consiste en postular el simulacro, el simulacro de no ser platonista.
Es una cuestión de goûte, de gusto. Te gusta o no la onda Platón y chau. Como un tarado mental amigo mío de entonces, escritor y filósofo, que decía que tenía dos odios: en el campo de la filosofía digamos, odiaba a “Platón”; en el field de los poetas: a “Borges”.

¡Forremos Todo de Niño!

Decía uno que no hay filosofía que espante. Mi Padre, por ejemplo, cuando me veía cargado de esos libritos de bolsillo de Schopenhauer o Nietzsche con los que yo siempre andaba en mi desalojada juventud, se asustaba. ¡Qué hemos hecho querida, decíale al ex súcubo de mi Madre! El buen hombre filósófico sueña que la filosofía un día no espante a nadie, como Lautréamont plañía que un día todos seríamos poetas. Mas la filosofía siempre apesta; mejor dicho: es un leprosario. No ser un honnête homme es un imperativo categórico de un cándido lamentable como yo no obstante “canalla desde mi más tierna edad”. Ser filósofo es un despropósito; o como dirían los guionistas jaideguerianos: un des-pro-pósito.
Por lo pronto confesar que no tomo ni más en serio ni más en broma a la filosofía que cualquier profesional o profesor; sólo soy profeta y profano, filósofo prófugo, o un mero proficuador, aprovechador inamigo de las profilaxis que purizan lo estilístico con el Espadol de una mèthode. El humour no es ni más ni menos serio que nada, tan sólo apunta, como género literario, al horizonte de la facialidad gestual y el repentismo estomacal del lector, a la sonrisa y a la carcajada: es materialista, aspira a comprometer al cuerpo del lector, ya que el cóguito impávido le parece poca res, poca cosa. Es una de las pocas estrategias que quedan para que una filosofía, que, corpus al fin, siempre vive en estado de gravedad, se soporte apenas a sí misma. No hay otro fundamento para cualquier filosofía que estar en la Tierra (Grund es Grund). O sea que toda filosofía es insoportable, ninguna se soporta a sí misma, y sólo se sostiene, a ley de gravedad, por estar ahí en la tierra. No hay filosofía en Marte[1].





[1] Respondemos de esta guisa a la aporía planteada en “La Filosofía & la Vida”. Esquizia 0. Nunca ¿Dónde?

Filosofía rocanrol y vicio



Mi filosofía es un peronismo invertido no un platonismo invertido. Hay que ir hacia la prote philosophia argentina, o en la, las dos cosas. Es nesario mezclar, pero a sabiendas, para que pegue menos, la biblia con el calefón, el melón con el vino.
Que yo sepa, leo poco es cierto, en filosofía no hay raros peinados nuevos después de los setenta. Hay ajustes de cuentas más que nada. Parece que los franceses finalmente nos han copiado cierto sedentarismo comentarista. El goute quedó en la salsa de aquella época y hoy, para el vientre de los metafilósofos, es más que nada cuestión de condimentarismo[1]. Mi pedantería es cómica y no ofende. Los que tengan cola de paja, vayan al bidet a prometer lavativas. Mi agresividad es anal, o sea niñesca, párvula, ingenua. Mi odio, las más de las veces, no va dirigido hacia personas, sino a funciones, acciones, ideas, hábitos, ópticas, sentidos, palabras. ¿El método? Desde luego, en una era de la Sospecha y bajo el patrón dólar de la Paranoia (que hoy suplanta al principado de la Neurosis soñado en la era de Freud y su buen burgués en franca extinción), es un derivado de la leche del “crítico-paranoico”, un mote que viene de Salvador Dalí, ese Charly del lienzo[2]. Para decirlo con Yupanqui, es la persecuta de un payador. Trabajamos bajo un cierto gauchismo anarquizante, una rebeldía con causa de aquel que no quiere ser llevado a la frontera con el indio interdisciplinario. Fierro es una mensura posible para el hombre que hoy quiera ser protagoranista de un filosofar here and now. Una suerte de valentía que busca la seducción amiga de algún Cruz, ciertamente dotada de una hybris de temeridad, según los justos clase media del aristotelismo funcionalista. Cierto neurotismo al pedo de la transgresión, no querido por el buen lacaniano, cierto resistencialismo a las normaciones y leyes, de léxico acaso fucoltiano pero de cepa eminentemente fierriana, nada que ver. Y, plebe mediática somos y a la plebe mediática vamos, una ética cínica, en su ominoso doble sentido, y de léxico y estilo picarescos.

Lo mismo consiste en diferir. No hay más que diferencia porque lo mismo existe. Esto dice el Platonismo Invertido. ¿Qué queda a cambio del constructivismo de castillos en el aire de la paradoja? ¿Queda la ironía como resistencia? ¿Como un diferir sin mismo? La filosofía es goce. Divierte, pero también saca de quicio y molesta. Aburre y pone los pelos de punta. Sofoca o pasa como agua. Soy filósofo no porque aburro. Pese a que soy filósofo te aburro, estimado Leyente. Mi pena y mi risa no te obligan. Sólo son mi escritura contra sí misma.





[1] “Una moda filosófica se impone como una moda gastronómica: se refuta igual una idea que una salsa”. Cioran.
No es que uno promueva una filosofía a lo Cioran (ya lo hemos hecho de teenagers); pero contemplando el asunto del monopolio académico de la filósofía conviene traer al ruedo y a la memoria este uso silvestre que el populacho asalariado del filosofema (el peronismo respingado de la vida filosófica) ha olvidado más todavía que al ser. Que el gusto y la moda sean ontológicos en el sentido historicista y apremiante de Heidegger no quita que sean lo que son. En este sentido: sobre gustos está todo escrito. Llameselé a esto, también, modernidad.

[2] Arrancamos con el taumazo de Fernández, la “Paramnesia Inversa”, y podemos terminar con el lamborguinismo al vesre, la “Paranoia Inversa”, llamada por Aira “Narapoia”.

Eneamigovios (O del filósofo al forro)


¿Sos callejero? Bancatelá




Los griegos destituyeron al Sabio (personaje de un universo presocrático, oriental) e instituyeron al Amigo, al Amigo de la Sabiduría o Filósofo. ¿Pero qué pasa en un mundo en el que se asiste a la Universidad a hacer y padecer sicoanálisis a quemarropa, en el que todos somos sospechosos, o como escribe Deleuze, todos los gatos son pardos? ¿Cómo construir una “amistad filosófica” bajo el régimen del onticismo paranoico y bajo la viveza sicoanalítico-criolla de un concepto neoargentino de “amistad”? ¿Cómo pasar de la divanización al agorismo?

Con un aristotelismo invertido: “Enemigo tuyo, Platón quérido; pero más enemigo de la Verdad”.

Esta enemistad, como aquella amistad original, estriba en la conjunción adversativa: pero. No somos hombres libres, no nos une – dijo nuestro Homero – la filía sino el espanto. La democracia parcial de los griegos estaba compuesta de esclavos y filósofos; la democracia total de nosotros, sólo de esclavos, de esclavos-filósofos. Qué agón se puede esperar de un medio ambiente cuyo antrophos no es el nieto del Hombre de Corrientes y Esmeralda, sino un Homo Arltiano televidente: esclavo del dinero y de la traición, o sea de la Mujer. O sea el lado oscuro del tango, el tango contenido-latente: el Hombre-Mujer. Una mujer barbuda que sin embargo no se acuesta con sus amigos – como el griego original – sino que, mientras aprende filosofía sobre mesas que nunca preguntan, los acuesta. No es el antropocentrismo como divinización sino el otrocentrismo como divanización.
La amistad como amistad filosófica – entendida por Deleuze-Guattari- incluye en su cama vertical a un tercero en calidad de ente objeto o esencia llamado por Platón Eidos o por Deleuze Concepto y al que ambos prefieren a cambio de su interlocutor como indica la máxima del estagirita.[1]
La amistad sicoanalista será una amistad de bitransferencia y birresistencia, indiferentes y en todo caso falsas, que no quiere participarse de la Idea sino calcularse mutuamente el Icc.
- ¿No será puto, no será de la SIDE, no me querrá hacer el orto o afanar la billetera? – se pregunta el nuevo amigo filosófico.

Lo que quiero significarles, amigos míos, es que el diálogo platónico del nuevo amigo filosófico argentino no está ya ni siquiera en las cachadas entre Samuel Tesler y Adán Buenosayres (a esos se les llama hoy “conocidos” no amigos) sino en los parlamentos de La Causa Justa de Lamborghini.
La amistad argentina no es platonista sino peronista. Cuando el peronismo todavía era una parte del todo nomás, el agonista turrito, jodón y matón, se llamaba “compañero” y decía: “Para el amigo todo, para el enemigo, ni justicia”. Esa es una de las grandes máximas del compañerismo justicialista. Para el amigo todo: “Si fuera puto te la chuparía”. Pero desde que el peronismo devino menemismo dejó de haber compañeros y gorilas y el otro se convirtió indiscriminadamente, como en un cristianismo invertido o tribalismo único, en “hermanito quérido”. Es la pananimalización del otro o del agonista: todo otro es un gorila indica el neoperonismo menemista o darwinperonismo o darwinismo socialnacionalpopular o molarismo atomista de granhermandad solipsista o fachismo del tous contre tous o del hombre gorila del hombre, o compañero lobo del compañero.





[1] Con la filosofía los griegos someten a un cambio radical al amigo, que queda no vinculado con otro sino con una esencia objetividad o entidad: Amigo de Platón pero más de lo verdadero, de la sabiduría, o en este caso del concepto. (Deleuze-Guattari,“Qué es la filosofía”, p. 9). El filósofo es el amigo del concepto.