por Luciano García
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1- Filosofía y paideia: Jardín de Infantes Epicureíto

Memorias del Tiempo de la Madurez
de Filifor Bonaparte, incurable


“La bastardilla es nuestra”
Derrida



Me interesa poner de manifiesto una cierta moral que impera en el medio ambiente universitario, en el environment tejido entre el pasillo el aula la biblioteca y el café de enfrente. Interesa eso y no lo que digan los textos universitarios, por lo general expedientes curriculares, puñados para el montículo trepacargos. En la universidad reina la iglesia invisible de unas filosofías que no se escriben. La universidad enseña, mejor todavía, a no vivir conforme a las filosofías que enseña, sobre todo porque son o parecen ser por lo general filosofías de autopsia: irrespirables. Se trata de una hexis, de un modo de vivir, de ser y de un sistema de juicio, escalas de valores, y una serie de prácticas tics y gestos convalidados por ese sentido común general, y otros tantos hibridizados por la tácita norma. Y en esto cuenta más la sociedad civil universitaria que el estado académico. Se trata de una moral del pueblo universitario y no del tirano. Es un poder, entonces, que emana con más fervor de los estudiantados, que de los círculos profesorales, que casi no existen, pues el profesor es una figura bastante solitaria, que opera más que nada desde su casa; monta su obrita en la facultad y tras telón se retira pronto de los camarines. Los profesores tienen una amplia vida privada pero la estudiantina vive el show permanente del patio, ágora del susomentado murmullo moral. Primero que nada se necesita un ejercicio en la formación del muchachismo universitario – fundamental no al nivel de la ley sino de la norma -, que se logra en ese medio y en la frecuentación aceptiva de ese espacio específico; sólo en segunda medida uno se formará – ya en cierto ejercicio flagrante de su muchachismo estudiantil – bajo los rigores de la ley dictada en los caprichitos de las instancias examinatorias, como candidato a profesional universitario. Para esto, más que nada, se requiere de un riguroso disciplinamiento en la atención a los antojitos de turno de la madama de cada cátedra.
Okey. Esto es una versión cínica de la cosa, parcial pues. Pero hagamos como el santito de Kant. Estudiemos las condiciones de producción de la experiencia universitaria.

Escena cotidiana: una comunidad de anacoretas bajo control que desprecian el habla filosófica, desprecian la jerarquía ludipatética de la filosofía y su artisticidad, desprecian la escritura con enajenarla como un “suplemento del habla” – despreciada como tal -, hacen que disimulan la equivocidad del lenguaje, y se dedican sólo a hacer comunicación social (estatizada), a comunicar prefabricados de filosofía en foros áulicos.
Al contrario sólo hay filosofía en el encierro, en la locura del mal genio, en las bibliotecas, en los jardines, en la amistad y el odio, en la manía, en los manuscritos, en las cartas. Gociferar filosofemas. Ludipatemas. Traficar filosofemas entre trompadas y caricias. Patemas, ludisemas, amoremas, odioemas, solecismos solipsistas, y, entre medio, filosofemas. Nadie salvo un farsante del tipo funcionario del estado o televisible artista de variedades filosóficas puede tomar demasiado en serio a la filosofía. Esas son la enseñanzas que como enseñas borgeanas y macedonianas yo porto con inveteración. En mi caso se comete un cierto usufructo digamos nischeano dado que más que ser un filósofo “leche hervida” como Tomás Abraham, soy un filósofo genial, pero de mal genio, yo diría: de genio malo; y a eso se lo debo, en esta era-Lamborghini[1], a la masificación del alter ego cartesiano: el Genio Malo, quien dicta mi filosofía idiota.
Pasa esto con los estudiantes típicos de filosofía: que no se sienten nunca autorizados a hablar, menos por escrito, y viven el balbuceo horrible de una ecolalia atroz del resumen de texto que se les exige durante diez años, que es lo que dura la carrera de los asalariados de hijo que no trabajan (la de los que trabajan dura quince). Y esta debilidad y falsa modestia es terrible porque tiene el desenlace de un murmullo de baño de señoritas insoportable que copa toda la geografía de la “facu”. Para estos Sócrates boberistas o bovaristas, que saben no saber (¡bienaventurados!), que, mejor dicho, no saben que saben, y se mandan la parte haciendo que creen que “los que saben” saben, estos Sócrates mariconados, está mal visto “hablar de filosofía”, una pedantería para la que se debe esperar veinte años hasta el “doctorado”. Pero ahí ya siempre es tarde, porque el órgano filosófico ya se desarrolló en ese silencio sacamanos, y la ecolalia señó su sino. Entonces se consuelan con la omnímoda diogeneslaercioización de todos, con el “saber” del secretito, ese que gusta a los sicoanalistas de alma.[2]
Vivir escolarizado hasta los treinta años es triste e indigno. Y como el hábito hace al monje del órgano, de la escolarización a la infantilización hay un paso que ya está dado, además. Como saben las pedagogas, la infancia hoy dura hasta los treinta y se prevé, que en una década llegará a los cincuenta y se ancianizará sin molestos intermezzos. Como a nadie le interesa una filosofía por el honor, o por el olor (como Diógenes) o por lo que sea, sino para lucrar sin andar hombreando bolsas por ahí, todos están contentos, chochos. Nos pasamos diez años subrayando y llevando manzanitas deliciosas para la exposición oral, o rome para el escrito, total ya nos vendrán nuestros veinte de salario y jubilación. La última reforma del plan de estudios de la escuela de Rosario, tenía esta tendencia encubierta en alegatos idealistas del tipo “excelencia académica” (risas).
No es de extrañar en “países sin filosofía” como la Argentina, tener carreras idiotas que duran diez años promedio. Basta registrar la biografía de cualquier filósofo conocido para ver cuantos años tuvo de estudiante, y se advertirá que, en cualquier época e incluso ahora, fueron unos pocos, y no porque estos tipos fueran genios. No hay genios, y menos entre filósofos. Es curioso porque es en lo único en que no se envidia a los europeos. Les envidiamos la filosofía y la libertad de decir lo que les pinta, y nos sentimos orondos de padecer carreras gigantes infladas a pedo nominalista. Como dijo un sabio, hoy fiambre: cada país tiene la filosofía que se merece.
Se proclama la “investigación” pero se la prohíbe a cambio de monografías de cinco minutos. Se proclama la lectura de los textos, pero te obligan a estar todo el día en la escuelita soportando cómo un profesor te narra lo que ya se supone que leíste. Se desprecia a los manuales pero se asiste todo el día a la manualización improvisada cacofónica y solecística de los maestros de turno. Se preconiza el acceso a los idiomas originales y en los cursos de idiomas te enseñan a pedir cerveza en los bares de aeropuertos. Entonces hay tres cosas que unidas se vuelven una monstruosidad. Uno es el escolarismo de hipertrofia para justificar los sueldos: un asistencialismo de nuestra democracia, asistencialismo a los profesores, y asistencialismo de estar todo el día en clase de los educanditos. Dos años de eso vaya y pase; pero programas “dables” en cinco años y “recibibles” en diez…¡! Este es el primero de los tres ideales que sueña mantener la Universidad, la Difuntita Correa. ¡Y sueña el acorde estruendoso de los tres juntos!
El segundo problema es el de la escuelita hermenéutica gramatológica o como se llame hoy: lo único que existe son los textos y lo único que hay que hacer es vivir descifrando. Nada de sistemas resumibles, nada de instituciones fantasmales. El tercer problema es el de la escuelita historicista, historiográfica. La ciencia, histórica, sociológica, antropológica, positivista o lo que sea, explicando la filosofía. La universidad de las “historias de las ideas” dejó de existir hace mucho. Esa sí que murió. La filosofía pura y heráldica de las grandes ideas de los grandes hombres, la mera exposición de los “sistemas” con solapita biográfica adjunta se perdió por suerte hace décadas. Pero esos años tenían la ventaja de mantener carreras menos propensas al suicidio y la locura. Se dictaban y aprobaban, como buen profesorado, en cuatro o cinco años, y punto. Ni el prurito de leerse a todos los filósofos, ni el de leerse a todos los cientistas historiadores, ni el prurito de la fábula de la investigación, ni el de meter en la bolsa de la filosofía todo. La filosofía “pura” de los años arcaicos no existe más ni debe existir, ojo. No confunda el señor lector lo que le quiero significar. La filosofía tiene que ver con todo, y todo va a parar a la bolsa de consorcio de la carrera: literatura, crítica literaria, fisicomatemática, historia, ciencias sociales, o el rocanrol como dicen algunos. Una carrera radiador. No me simpatizan los especialistas en ignorar todo salvo su especialidad, el chaboncito tipo new age o licenciadito menefrego. Me molesta una universidad que forre todo de niño. Estoy con los ermitaños que leen todo, estoy con los lectores, pero en el sentido de ese mito que inventó Borges; estoy con los Quijotes mientras salgan a la Mancha y no formen comunidades con establishments veritativos, estoy con la responsabilidad autoinfligida de una cierta solvencia socrática de la palabra, estoy con cierto enciclopedismo si no viene obligatorio del estado, estoy con un cierto afán de hombre orquesta propio de un erudismo de sabio argentino, pero a todo esto no se lo estimula con estas carreritas caretas que lo único que hacen, en sentido contrario de lo que declaman, es aborrecer la scholé, el otium inexorable del pensar o escribir, que crean pedantes mudos alimentados a fardos de capitulitos de fotocopia, recibidos de no leer jamás, de no levantar la voz jamás y fabrican martilleros públicos del paper que marchan como martillos no nischeanos, sino como los martillos aquellos que desfilaban en The Wall.


Hey kid, leave the teachers alone…

Es conveniente vivir otra vida filosófica, porque la filosofía que uno profese siempre tendrá una relación estrecha con la experiencia de vida de uno propio, aunque no deducible. La universidad imparte un registro finito de vidas filosóficas posibles. Un cierto método revista “Pronto” estilo Diógenes Laercio pero de afán eminentemente cognoscitivo (¿?) nos habrá de servir para una Crítica de la Farándula Filosófica. Crítica, que según los cantianos quiere decir conocimiento y según Blanchot quiere decir desunión, o sea: odio.
Y la pregunta que nos haremos (¿Quiénes? Yo, Superyó, Ello, el Genio Malo, el Kafkarudo y el del Espejo) es

“¿Cómo se puede no vivir la vida filosófica que propone la universidad?”

Y ¿qué otras vidas, si filosóficas, son posibles?






[1] Era Lamborghini: todos estamos Lamborghini, sin embargo los patrones de estancia de la literatura porteña quieren prohibir que se escriba así a cambio de la opción de ser un funcionario que quiere aparecer en cámara como escritor que firma con su innato seudónimo paterno toneladas de balzacianismo borgeano u oralperiodístico. La literatura capituló hace veinte años, lo que queda es in memoriam.


[2] O sea se hace el sicoanálisis a mansalva de todos porque eso es ser modesto. Esa es la responsabilidad de la palabra filosófica, el cuchicheo. Ese es el zumbar de estos tábanos socráticos. La Universidad: es mujer. Lo que llamamos el platonismo…travestido. ¿Será menester ir en pelotas para cambiar de diogenismo, del laerciano al canino? Alguien dijo que la histeria es la locura sin error: ¿filosofía? Saquémonos los calzones y filosofemos a pajeazo limpio, como aquel maestro.

2- Buscando a un nischeano con una linterna al mediodía




¿Qué clase de vida filosófica aplaude la universidad nacional? Ya que somos ciegos, veamos.
La siniestra visión piadosa del mundo que se predica inveteradamente como una suerte de pensamiento único universitario y obligatorio, hegemonía o ideología dominante de la colectividad universitaria, de moralidad estándar y una especie de seña para poder saludarse en Alumnado, asquea de embobecida hipocresía. Seamos hipócritas, pero no evidentes. Silentemente trepar trepar trepar, con una escalera de papel (de paper) que nunca se suelta al final, por eso de la antigüedad docente. De la boca para afuera quedar bien plañendo por la inocencia de los pobres y mandando al infierno de los réprobos a un J.T.P. al que se lo pilló comprando un disco de Madonna en disquería “Tal Cual”.
Una ayudante de cátedra propuso juntar firmas para destituir al miserable J.T.P perjuro. Una gorda de la comisión asesora de no sé qué guillotinarlo. Prevaleció lo segundo, pero la disputatio aconteció en orden a la temporalidad: unos clamaron la urgencia del patíbulo; otros, esperar a la revolución campesino-proletaria, inminente en el mundo desde hace doscientos años. Triunfó la mesura de una minoría de contraculturales con raros peinados nuevos que organizaron un escrache al son de marsellesas de Bersuit Vergarabat. El J.T.P. prometió temeroso de aquí en adelante sólo comprar grabaciones piratas de León Gieco y transcribir siete veces en cuadernos de caligrafía Rivadavia la monografía “Lyotard y la Izquierda Burguesa (Inmunda)”.

¿Qué pasa en la Universidad?

Hay dos cosas: uno la izquierda inexorable de la intimidad de su vida cotidiana. Un folclorismo sin poncho, la izquierda emotiva, indiscutible. La izquierda llorona, santita, monjita, policíaca, vigilante, predicadora, transmundana, tribal, trivial. Una épica de lo que no sucederá jamás. Fuera del rito la vestimenta y la caza de brujas moral imaginaria y frustrada no pasa. Es gente que cree que indignarse espontáneamente por cualquier crueldad de la vida es ser intelectual. Si eso es ser intelectual lo mejor será ser inteligente, salvaje, loco, retardado mental, un reverendo hijo de puta, o fascista. Al menos en el criterio perentorio de estos esclarecidos impotentes, que acumulan toda la verdad entre sus manos, y no tienen mucho para hacer con ella. Eso es ser inoperante y vivir de la declamación. Me da esa sensación ¿no? Es un imperio cantiano en el que, en efecto, hay todavía un “sujeto” bastante cartesiano, el de la buena voluntad cantiana pero alienada en un reconocimiento anti-fashion, que se cree real en el reconocimiento verbalmente fáctico de su otro; eticizada. Hola Hegel. No es la voluntad de verdad: es la voluntad de bondad. Pero: ¿hay que ser bueno para producir filosofía? No: hay que hacérselo creer a otro. La ¿prueba ontológica? de la bondad referida es la desmesura del fracaso ejemplar. Pues como enseña Sade: al que hace el bien le va mal. Nadie se parece más a un tipo que cree que el fascista siempre es otro que un impotente indignado. Otra cosa pasa cuando el impotente indignado presiente la inminencia de que lo bajen del cargo; ahí sí – sigo hablando de Brecht -, se vuelve a parecer a un burgués asustado. [1]
Lo primero a tener en cuenta es la vestimenta y el peinado; lo esencial es invisible a los ojos (y al olfato), pero nunca existió. ¿Cómo viste el platonismo hoy? La gracia de la filosofía francesa es que puede ser divertida, y los filósofos son más evidentemente vedettes. La miradita penetrante de Foucault rapado y poleroso, las poses rebelde sin causa de Derrida, el sombrero y las uñas de Deleuze. El muchachismo universitario del interior prefiere otros vedetismos, un vedetismo espartano-barbón modelo Che, jipón.
Si el director lo permite acerquemos la cámara a la pasarela del pasillito donde deambula nuestro fashion invertido. Luce, como otrora cualquier Einstein, cualquier Beethoven, un despeinado minucioso, fruto de horas cátedra de no peluquería. Juancito nos luce un estilo antropotrosco otoño-invierno: camperita de jean roída, barbita infalible de tres semanas. La chomba no debe tener planchado el cuello, porque esa onda Franja Morada fue furor el año pasado. Hola Pepito. Pepito soñó que en otra vida era montonero y por eso hoy puede presentarse con remeritas agujereadas con estampa. ¿Lo in? Un Los Piojos, un Bersuit; un Che clásico siempre sienta bien, y, como el negro, nunca pasa de moda. Pepito ensucia su pelambre facundiana con jabón de chasco “Venceremos”, y, como tuvo que leer un tomo de Teología de la Liberación, puede hacer juego con anteojitos Lennon. Gracias Pepito. La feria americana, a no olvidarlo, es un buen lugar para cosechar hipótesis de trabajo con valor de cambio curricular bien cotizado. Un anteojito de acetato negro, una desflecada carterita setentista,…¡y a licenciarse¡ ¡Alegría! Y nos vamos con Menganito. ¡Adelante Menganito! Menganito está en otro palo: es un metalúrgico del desencanto y fabrica monografías sobre Beckett, por eso nos muestra un ambo súper de moda: pantaloncito de gimnasia Adidas de hace quince años, panza de seis horas de no gimnasio diarias, y camisa desastrosa invocando toga jipo-greca. A falta de un taparrabos – prohibidos por moralidad pública – esto es lo más para un diogenismo sin certezas. Gracias Mengano.

Si una filosofía es irrespirable, urge pauperizarla, paperizarla. Monografías de cotillón, basuras sin riesgo alguno con el prurito inalienable de citas a granel en alemán, análisis en cuatrocientas treinta y dos páginas de un párrafo de tres oraciones de Hegel. Señores: ¡la Universidad Filosófica Argentina! El emporio del Capón Obsesivo y sus acólitos hermenéuticos. Tema: la Vaca.

Lo triste de todo es que la Universidad se ha vuelto un monopolio. Monopoliza, por ejemplo, la palabra y la escritura filosóficas. En otras épocas, tres décadas atrás por ejemplo, la cosa no era tan así. Había gente que creía que todavía tenía algún sentido – algún poder inquietante y algún gozo – escribir libros sin necesidad de doctorarse en un carajo, justamente porque se creía muy poco en lo que salía de la panza ensanchada de una Universidad hecha de gente digerida por las dictaduras del momento. Pero todo se fue complicando de a poquito cuando ese variado lumpenaje estudiantil y escritor comenzó, hace poco más de veinte años, a ocupar cargos y cargos vacantes en la Universidad. El heroísmo automático y contestatario fue asedentándose en burocracia del sentido y en una práctica del amoldaje de la poltrona al achatamiento progresivo de sus cuculititos.



30/7/05
 
 
[1] Anotemos algunos procedimientos de esta gente, de los izquierda-boys, algunos prefieren llamarse todavía “intelectuales”, otros no resisten el escarnio y la burla de las masas que asocian “intelectual” a pecado de pedantería.
Lo primero es lo que llamaríamos el macartismo imposible. La cacería de los culpables. Expelen la culpa no hacia fuera como el buen nischeano, sino hacia el otro, cuanto más parecido mejor. En la impotencia política, les queda el ejercicio exclusivo de la policía moral, excomunión y penitencia.


3- Los detectives de lo obvio



Yo creo que la filosofía, tal como más o menos se la usa o entiende hasta ahora, no va a dejar nunca de partir de un malentendido para con el lenguaje y a su respecto, un malentendido que podría ser lo que milenariamente se llama razón. La filosofía es a la razón lo que la literatura al lenguaje. De un lado la lógica y de otro la gramática. Pero si la razón es un malentendido ¿qué pasa con la filosofía? O ¿cómo pasa la filosofía?
La filosofía es un área del departamento de la universidad, o una nomenclatura que permite discriminar un catálogo editorial. Fuera de la claridad de esas parcelaciones, nada se sabe con un asidero definitivo. No se sabe muy bien de qué se trata, ni la gente sabe muy bien cuando se está o no ante un objeto de entidad filosófica.

Los que estudian filosofía tienen dos destinos casi irremediables, y para mi gusto de hoy poco felices: uno se llama la docencia, y otro la investigación. Nunca supe bien qué es la investigación, suena raro. La asocio a Sherlock Holmes pero no a Descartes ni a Platón. Freud o Poe, por ejemplo, me suenan a investigadores; pero para mí un investigador privado se detiene en los detalles e indicios, se parece a un novelista en todo caso. A Gombrowicz lo llamaría el “último” investigador; un investigador ¿”paródico”? (me refiero al de la novela “Cosmos”). Un filósofo, en ese rubro, fracasaría ostentosamente. Se perdería en generalidades, en el detalle de contemplar el cielo entero, u otras totalidades más o menos grandes y de cualquier naturaleza. Olvidaría al criminal, y pensaría el monumento de una criminología. Oh, no me odien queridos amigos. Sólo trato de pensar desde ese lugar argentino apodado el del “cínico entontecido”, una actitud de soberbia modestia. Allí donde la inteligencia y la idiotez son para lelas que se unen. Yo quisiera tener para mí, esta tarde, que el “investigador” es una especie de metafilósofo, un Hammett que se mete en la vida de aquel (en un texto de validez filosófica, es lo mismo) para deschavarlo. Investigar y saber son parte de una misma “pulsión” que Freud inventó al momento de descubrirla. Desde esta tradición, la froidiana – según me la contó a mí, al menos, López Ballesteros, su castizador -, investigación y saber (ya que no “sabiduría”) son afiliables. Y son cosas de niños. Es que Freud partió de un lenguaje, el de un cierto positivismo biológico, y lo prodigó en los follajes de otro en existencia por aquel entonces, el de la novela y el cuento policial. Un policial negro – preyanqui – pero todavía poeiano, en su gramática. Dupin, el inventor de todo esto, se convierte en adaptador de Schopenhauer al estilo clínico. Dupin o el Padre Brown de Chesterton, eran al mismo tiempo como sabios, deductivistas cartesianos, e investigadores. Eran quizá filósofos en actitud pragmática que puestos a investigar resolvían casos perfectamente pero de manera inverosimil. Borges, discípulo eximio y rioplatense de aquellos, supo enseñar la filiación entre el policial racionalista, como género, y la inverosimilitud, como procedimiento estético. Puestos estos tipos a trabajar para la Policía Federal, no habrían pasado de ñoquis. Una eficacia ficticia. ¿Tendrá algo que ver con esto la práctica y el destino del “investigador filosófico”? ¿Un investigador de los cielos, de lo inconcreto, de lo ya sabido, de lo obvio?



1/7/05

4- ¿Por un filósofo perverso y peligroso?



Mi pensamiento no es débil, es pobre. Pequeño burgués pero pobre. Y artístico. Una cosa es el burgués de Marx y otra el de Flaubert. El de Marx milita en las “dominantes”, o en el caso del petit bourgeois, en las subdominantes. El “proletario”, como enseñan las pinturas de Orozco y esos mejicanos, tendría que ver con la tónica, o con los tónicos. En cambio el burgués de Flaubert no es el enemigo del proletario; es el enemigo del artista. O artista o burgués. Esta paridad era un método de la división no de los militantes, sino de la bohemia. Igual: proletario, burgués, artista,…son palabras de las que ya pocos se fían, y de entidad muy discutida, parece. En el campo de la filosofía existe acaso otra polaridad, digamos nischeana: obreros de la filosofía y artistas. Vemos la mutación entonces: ya no burgués-obrero, ni burgués-artista: ahora obrero-artista.
Nadie duda, de todos modos, que la masa obrera de la filosofía, desde el punto de vista externalista (sic) de la (sic) sociología, es de una circunscripción más que nada burguesa, necesaria, o nesaria, para pagar libros impresos en euros o aranceles de simposios. Pero desde el punto internalista (sic de nuevo) de la filosofía como práctica institucional no podemos si no ver el acto repetido de su esenciamiento obrérico. Estibadores de libros de texto con casa propia y padre profesional. Buena gente, de todos modos, algunos. Je.
Este preámbulo fue hecho para volver a una pregunta esencial (¿sic?) de ética filosófica. De una ética que, nos preguntamos, antecede y circunscribe el laboraje regular del filósofo. ¿Es obligatorio hacer (simular hacer, es lo mismo) filosofía desde la lumbrera guía de una idea de bien? De más está decir que, en los tiempos posantropocentristas que corren, nadie saldrá al cruce invocando un eidos plusultrano, inmutable. La esencia (sic) del filósofo paperista, en su ejercicio inherente, compete a un, llamémosle, darvinismo débil. Darvinismo no leonino, de zorra. Una astucia eficacista ¿de la razón? ¿de la razón pragmática? Un darvinismo social específico que simula en la lucha por…¿el eidos?...atajándose con canciones que alguien llamaría de emancipación y especulación.
A todo esto: ¿queda? ¿o cómo queda o quedaría? la universidad sin el canto de arpía de la emancipación y la especulación, los dos horizontes, desde un cierto lado de la cosa al menos, “legitimadores” de su discursar?
Y ahora esta: ¿cómo es posible un filósofo artista? O sea un señor que, por fin, toma a Nietzsche en serio. ¿Será sólo posible afuera del estado y de la ley, del estado y de la ley en su departamento filosófico?
Como soy partidario de que los escritores se dediquen a la filosofía y los filósofos a las letras, aprovecharé para traer al ruedo al inquietante señor César Aira, muy en boga entre los niños de hoy que quieren ser novelistas. Para Aira un artista puede ser tranquilamente un delincuente o un criminal. Cuando yo era joven, dice, un artista era “alguien con un aura dramática, no una persona que va a la televisión a decir cosas sensatas y banales. ¿Cómo van a surgir así vocaciones de escritor - se pregunta -? ¿Los jóvenes querrán ser eso?”[1]

Repasemos entonces: el filósofo, gracias a Nietzsche, puede convertirse en un artista. El artista, según Aira, puede ser un criminal y un delincuente.

A partir de ahora comenzaremos a bocetar los planteos de una posible filosofía del atraco. Esto puede ser una broma, o a lo mejor no. Yo, por mi parte, todavía no lo sé.

No nos referiremos, me temo, a una “filosofía homicida” en el sentido de Foucault y sus compañeros de ruta, que se dedicaron a matar al Hombre pero bajo todas las de la ley, adentro de los claustros. Sería otra cosa. Podríamos presentarla como: la vida filosófica de los hombres infames.

Tengamos en cuenta esto: a lo mejor yo bromeo, o, lo que no es lo mismo, a lo mejor miento. Ni yo lo sé. Sócrates sabía que no sabía, lo cual, no es muy diferente que enunciar un ateniense que los atenienses mienten. Desde un punto de vista tipo Platón un metafísico de la idea de bien sabe que dice la verdad, un sofista sabe que dice sofismas, un poeta no sabe lo que dice. La filosofía se hace con filosofemas; pero los filosofemas (si no hay verdad) pueden ser sofismas – perversos – o paralogismos – estúpidos -. El filósofo puede saber que miente (sofisma), o puede mentir sin saberlo (paralogismo). Puede decir estoy mintiendo (paradoja), o sólo sé que no sé nada (contradicción). Un filósofo puede no saber que miente o no saber que no miente. No saber lo que dice en definitiva (poema). Ocultar o ignorar sus premisas (entimemas), creer que demuestra lo que postula (tautología), o hacer pantomimas con deícticos: un expresionismo del esto (en nuestra universidad hemos contemplado casos de filósofos cuadriplégicos, mudos y sin el aparatito Hawking, por ejemplo. Y no es broma). Todas estas cosas pasan en el discurso filosófico que, como se ve, es una feria disimulada del lenguaje y sus adyacencias. Se trate de obreros o se trate de artistas nadie deja de tributar su vasallaje al estado de la lógica, o, lo que es, presiento, lo mismo: de la gramática.



1/8/05


[1] Este es el párrafo, de una entrevista, creo que de “La Nación”: “En el último Congreso de la Lengua vi a Saramago, Sábato... Algunos han llegado a extremos que producen vergüenza ajena. El trabajo de la literatura lleva mucho tiempo, uno tiene que encerrarse; no sé de dónde sacan tiempo para leer todos los diarios y pontificar sobre ética. Sobre todo, cuando un artista no tiene ningún problema en ser un delincuente e incluso un criminal. Pero, hoy en día, todo el mundo actúa como si estuviera enfrente de un electorado. Eso traiciona lo que era el artista cuando yo era joven: alguien con un aura dramática, no una persona que va a la televisión a decir cosas sensatas y banales. ¿Cómo van a surgir así vocaciones de escritor? ¿Los jóvenes querrán ser eso?”